¿Está usted preparado?

Por: Anyi Carolina Montiel

Decir las siguientes pala­bras es como saber, pre­viamente, que ellas hacen parte de la existencia, el destino y, sobre todo, de lo que decidió Dios. Sabe­mos que algún día vamos a morir, pero no estamos al tanto de cuándo será el día, la hora, el lugar ni cómo; eso es lo más normal; sin embargo, a muchas perso­nas aún les causa temor la muerte.

No sé si alguna vez ha te­nido usted la oportunidad de pensar en que pasará después de que uno deje de existir. Muchos, creo, le habrán preguntado al cura, al pastor o a una persona que ha escudriñado la pala­bra de Dios, para encontrar una respuesta.

Se escuchan muchas opi­niones sobre eso, y a veces dejan la mente de la gente asombrada y aún con más temor; sin respuestas, sin creer o ignorar lo que di­cen. No se trata de huir a lo que ya está escrito, sino aceptar la verdad, el desti­no que nos corresponde a todos los humanos.

Yo creo que una de las ri­quezas más grandes que uno tiene en esta vida es conocer el amor hacia Dios, un amor fiel que no tiene comparación; noso­tros somos el reflejo más hermoso de amor de la creación del Señor.

A algunos les aburrirá este asunto, porque, tanto usted como yo tenemos puntos de vista diferentes; algunos están cansados de escuchar, e incluso de ser testigos de la realidad, cuando se dice: «Es que el que se para allá solo hace robar, quitarle la plata a los demás; de esos hay viola­dores, corruptos, etcéte­ra». No se trata de hablar mal de nadie, ni de juzgar; tal vez usted ya sabe lo que voy a reiterar: todos no somos iguales, somos diferentes.

Apreciado lector: lo que quiero que tenga presente es que usted es el único que le rinde las cuentas a Dios, Él lo ve todo, sabe la clase de hijo que envió a la Tierra, conoce sus triste­zas, sus alegrías, sus actos privados, mejor dicho, Él lo sabe todo.

Es difícil a veces decir que no se le tema a la muer­te. Cuando se está en ese momento de dolor por la ausencia de un ser queri­do, es cuando se apodera de uno la angustia; es un sufrimiento mutuo que no tiene vuelta atrás.

Mientras esa inevitable fe­cha llega, abrace, sonría, viva momentos maravillo­sos al lado de esas perso­nas que tanto ama y cuente siempre con la bendición y dirección del Creador.