El bazar de las curules

Como si se tratase de una feria descomunal, en donde los más avivados podrían resolver problemas de hambre, deudas, embargos, ansias de riqueza fácil y otros «ideales» pecaminosos, estamos enfrentados a una explosión de candidatos para el Concejo municipal: 180.

Nada más basta con contemplar la cifra para deducir que mucha gente se aprovecha de la llamada «democracia» para pescar en río revuelto. «Yo me lanzo de candidato para ver cómo hago lo mío», parece ser el lema de batalla de la mayoría de esos aspirantes a solucionar dificultades propias del infortunio, o de su desidia para trabajar honradamente por sus propios ideales. Y ese «hacer lo mío» lo sintonizan con los métodos que podrían emplear para cabalgar sobre los códigos penal y administrativo, a los cuales azotan con la fusta de la deshonestidad y la deshonra, a fin de saquear los recursos públicos. Para eso sí que son sagaces los zánganos, incluidos muchos de quienes, amparados por la laxitud de las normas electorales, se cobijaron con el apelativo de «candidatos» para el Concejo de Granada.

Solamente 15 curules podrán ser ocupadas, pero 165 personas están sobrando; pero se abalanzaron tras una silla en ese recinto donde se ejerce el control político sobre las acciones del alcalde local. Damos por descontado que la mayoría no está pensando en trabajar por la gente que siempre ha estado olvidada de todos los Gobiernos. Eso no es lo que ellos ven, ni lo piensan siquiera; les interesa «hacer lo suyo». Porque piensan «con el estómago», no con el corazón y la mente para propiciar el mejoramiento de las condiciones de vida del colectivo granadino.

¿Qué ideales políticos de redención podrán tener esos participantes en el bazar de las curules? Sabemos que allí, en esa nunca antes registrada lista de candidatos, figuran desocupados, vagos de oficio, semianalfabetos, analfabetos completos, desconocidos absolutos, pretendientes de poseer lo ajeno, individuos sin rumbo y «pensadores» en triquiñuelas y chanchullos. Esos excesos de democracia hacen daño, y por ellos surgen estas «ferias» folclóricas y ridículas.

Los electores deben, por lo tanto, examinar con lupa las hojas de vida de los aspirantes al Concejo antes de escoger a ciegas. Después no tendrán razón de quejarse de que el subdesarrollo siga campante como ayer.