Dos hombres propician historia de reconciliación en Granada

Miller dio uno de los pasos más difíciles que podría dar una persona cuando ha visto de cerca el horror de la guerra: confiar en un desmovilizado. Con mucha tristeza, Miller recuerda cuando dos hermanos me­nores cayeron en una mina explosiva de las FARC, y uno de ellos perdió una de sus extremidades inferio­res. «Eso es lo peor que nos pudo pasar como fa­milia», cuenta.

En busca de oportunidades

A Miller, agricultor del Aria­ri, se le acercó un joven en busca de empleo. Bastaron un par de palabras para que viera en Andrés* ga­nas, fuerza y buena actitud para trabajar. «Le dije que empezáramos de una vez. Lo que tenía que hacer era cultivar la tierra para sembrar plátano», explica Miller, quien, tiempo des­pués, se hizo muy amigo de Andrés; tan amigos fueron que, al cabo de seis meses, Andrés sintió la ne­cesidad de hablarle a Miller sobre su pasado.

«Cuando Andrés me dijo que había estado en las FARC, yo no lo podía creer; me dio desconfianza, por­que la imagen que uno tiene de esas personas es que son delincuentes, y él conocía mi hogar, mi tra­bajo, todo», relata Miller, quien agrega que, luego de pensarlo bien, llegó a la conclusión de que el Andrés que él conocía era otro; por eso no quiso ser quien le negara la oportu­nidad de rehacer su vida. Y continuaron trabajando juntos.

Andrés se vincula al grupo por amor

La historia de Andrés co­menzó así: enamorado. Se vinculó a las FARC a sus 18 años de vida, conven­cido de que en el grupo podría estar con su amor, una joven guerrillera muy bonita ?como él la descri­be?, que lo visitó en tres ocasiones y lo convenció. «A los ocho días de estar en el monte nos cambiaron de campamento, y me dije­ron que si intentaba irme, me mataban; así que ahí comienza la historia. Res­pecto a ella, nunca más la volví a ver», cuenta An­drés.

Este joven tiene muy malos recuerdos de su pasado, por ello prefiere omitir mu­chas cosas. Sin embargo, cuenta que fue entrenado, le enseñaron a manejar ar­mas y a combatir al «ene­migo» (el Estado). Sobre la salida del grupo dice que estaba aburrido de tantas órdenes, pero hubo algo que lo marcó significativa­mente.

«Un día del mes de enero yo estaba muy enfermo, y me mandaron a una mi­sión. Entonces, un amigo que yo tenía en el grupo, mi ‘parcero’, mi mejor ami­go, se ofreció a ir en mi re­emplazo. Durante la misión mi amigo cayó en una em­boscada del Ejército, ese es uno de los peores mo­mentos que viví mientras estuve allá; porque yo tenía el radio ese día, y escuché todo lo que estaba pasan­do, tanto así que escuché cuando el comandante dijo que rescataran el fusil. Ahí me di cuenta que a ellos no les importa nada de lo que pase con uno», recuerda Andrés, con mucha nostal­gia y la voz entrecortada.

Diez días después de ese hecho, Andrés materiali­zó los planes de huir del grupo armado debido a la desilusión por lo sucedido con su amigo. Y, además, porque se sentía muy en­fermo; la leishmaniasis lo estaba matando. «En el grupo a uno lo convencen de que el Ejército dispara apenas uno se entrega, y eso le da miedo a cualquie­ra. Pero yo estaba tan des­esperado, no sabía ni de qué estaba enfermo, que un día tomé la decisión de entregarme, y morirme fuera como fuera», relata Andrés, quien se desplazó hasta el batallón 21 Vargas en Granada (Meta), y des­pués del proceso de des­movilización se vinculó a la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), donde paso a paso generó su reintegración a la vida civil.

Andrés y Miller son socios

Luego de estudiar, de reali­zar horas de servicio social y cumplir con las respon­sabilidades de la ruta de reintegración, la ACR le entregó a Andrés un capi­tal económico para que lo invirtiera en una unidad de negocio. Miller, que para ese entonces era el patrón de Andrés, cuenta que él le habló sobre el dinero que iba a recibir y le pidió una asesoría porque nunca ha­bía tenido esa cantidad de dinero. «Yo le dije que hi­ciera lo único que sabemos hacer, que es sembrar; él puso hasta donde pudo, yo puse otra parte y nos fuimos en sociedad para sembrar más de una hectá­rea», relata Miller. En total sembraron 3000 matas de plátano en una hectárea y media de tierra. Hoy sus ganancias están duplica­das, y tienen casi 9000 plantaciones.

Cabe decir que Andrés cul­minó su proceso de reinte­gración con la ACR luego de recibir la asesoría que le permite hoy gozar de bien­estar y una nueva oportu­nidad de vida. «Para mí el apoyo de la ACR significa mucho, sin ellos no tendría nada, porque ahora tengo una familia, soy padre, me reencontré con mi madre luego de 25 años, aprendí a creer en Dios, tengo tra­bajo y muchos sueños por cumplir», puntualiza.

Miller y Andrés dejaron su relación de jefe y em­pleado, y ahora son so­cios, amigos y compadres. «Sentir rencor y odio por alguien que, posiblemen­te, no tiene la culpa de lo que mis hermanos y mi familia vivieron no sirve de nada, porque, finalmente, yo creo que los principales culpables son unos pocos que tienen a otros de títe­res», expresa Miller, quien describe a Andrés como un hombre trabajador, caris­mático, buen compañero y sin ningún problema hasta el momento.

Miller termina su entrevista diciendo algo muy signi­ficativo. «Trabajar juntos nos ha servido, porque yo conozco su historia y él co­noce la mía; si tuviéramos la oportunidad de contar con más frecuencia esto, la gente entendería la magni­tud del conflicto y de segu­ro existirían más ejemplos de reconciliación».

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