Reportero de los Hechos

BULLYING: una conducta que no se escribe con lápiz

Por: Giancarlo Mijaíl Baena Rubio / Abogado conciliador, especialista en Derecho Penal y Ciencias Forenses / Universidad Católica de Colombia

Aprovechando que los co­legios y universidades es­tán en vísperas de inicio de actividades académicas, es bueno hablar con los estudiantes sobre algunos comportamientos, muy frecuentes en aulas de cla­ses, que conllevan a daños en otros estudiantes. BU­LLYING, MATONEO o MAL­TRATO ENTRE IGUALES es como se denomina las constantes prácticas que cuestionan la estabilidad fí­sica, social y emocional de los menores y adolescen­tes. En términos legales es cualquier Conducta negati­va, intencional de agresión, intimidación, humillación, ridiculización, difamación, coacción, aislamiento deli­berado, amenaza o incita­ción a la violencia o cual­quier forma de maltrato psicológico, verbal, físico o por medios electróni­cos contra un niño, niña o adolescente, por parte de un estudiante o varios de sus pares con quienes mantiene una relación de poder, que se presenta de forma reiterada o a lo largo de un tiempo determinado. También puede ocurrir por parte de docentes contra estudiantes, o por parte de estudiantes contra docen­tes ante la indiferencia o complicidad de su entorno. El acoso escolar tiene con­secuencias sobre la salud, el bienestar emocional y el rendimiento escolar de los estudiantes y sobre el ambiente de aprendizaje y el clima escolar del esta­blecimiento educativo. In­cluyen los casos de acoso por internet o Ciberbullyin, o bullying fraternal o entre hermanos.

Este concepto se ha ve­nido desarrollando desde los años 70, incursionando en américa latina a finales del siglo pasado y siendo tema de atención en Co­lombia con la entrada del nuevo milenio. Estas prác­ticas vulneran la voluntad y atentan la dignidad, la autodeterminación y/o la integridad física y en algu­nos casos el patrimonio de otro, comportamientos que sobrepasan las bromas inocentes o travesuras no se atribuyen a ciertas eta­pas de crecimiento; por el contrario, el bullying o matoneo enmarca, en primer lugar, la voluntad y conciencia del agresor al realizarlo, y verdaderos sufrimientos que pueden conllevar a resultados gra­ves y peligrosos para quien los recibe, existiendo mu­chos casos conocidos que inician con simples juegos y conllevan a un final fatal.

Desde hace muchos años, se presenta este tipo de conductas abusivas tanto en niños como en adoles­centes. Los caricaturescos casos del grandulón que le pide el dinero de las onces a los más pequeños, o el chico popular que se apro­vecha para humillar con apodos, insultos o golpes a otros más débiles, o la niña que decía “amárre­me” –refiriéndose a su za­pato- y terminaba atada a un tronco, son unos de los ejemplos clásicos que en esos tiempos se resolvían con una queja en contra del abusón, se le hacía un llamado de atención, un re­gaño o se le aplicaba algún castigo, o por el contrario se le aconsejaba a quien era la víctima que se defen­diera por su propia cuenta, terminando de una manera rápida (no la mejor) el in­conveniente. Sin embargo el siglo XXI trajo consigo un cambio tremendo de tecnología, haciendo que ciertas ofensas trasciendan un poco más, volviéndo­los problemas de mayores escalas. Mientras que en el pasado el problema se entendía en el mayor de los casos como personal, entre el agresor y el agre­dido, o por lo menos en un círculo social muy reduci­do (colegio, universidad, barrio), hoy en día – insis­tiendo con el mal manejo de las nuevas redes socia­les- puede traspasar esas pequeñas áreas o grupos, llegando al escarnio públi­co.

Evitar el matoneo es tarea principal de nuestros dos hogares: la casa y la escue­la. La familia es donde se infunden los primeros va­lores y principios al niño, los cuales van de la mano y se van a desarrollar en la primera comunidad con al que tenemos contacto, im­portante para nuestra for­mación, el colegio. De nada vale si en el hogar nos en­señan los mejores valores, pero en la escuela no se aplican o se hacen respetar y viceversa. La educación como derecho fundamen­tal, es un trabajo continuo e integral, primordial en los primeros años de vida.

El Estado, en última instan­cia, es el que debe regular estas conductas con po­líticas de prevención y de represión. De esta forma se promulgó la ley 1620 de 2013 (en desarrollo del Art. 43 del Código de In­fancia y Adolescencia [Ley 1098/06]) que no solo fo­menta el manejo de la vio­lencia escolar, sino además la formación para el Ejerci­cio de Derechos Humanos y la educación sexual. Esta norma crea un Sistema Nacional de Convivencia Escolar, en cabeza de un Comité Nacional, y sub­dividido en Comités De­partamentales, Distritales y Municipales, y estos en comités escolares de con­vivencia, el cual debe estar implementado en cada una de las instituciones educa­tivas oficiales o no oficiales (Decreto 1965 de 2013). Así mismo crea un con­ducto regular a seguir para clasificar la importancia del caso y así mismo lle­var resolución o aplicar las medidas correctivas de ser el caso.

Se incentiva a los docen­tes y directivos, así como a los padres de familia, a instruir los buenos valo­res en los estudiantes, y los estudiantes a practicar los mismos, para una pa­cífica convivencia escolar, y a futuro, aumentar la posible convivencia entre ciudadanos sin violencia. Los casos que conozcan, no los pasen desapercibi­dos, pues lo que comien­za con una simple broma, un simple juego, puede evolucionar a algo mucho más grave, inclusive con consecuencias penales. Así se sentenció a Nicolás Her­nández, estudiante de un colegio Campestre en Bo­gotá, quien “entre chiste y chanza” dejó a Yadira Per­domo, una compañera de su clase, en silla de ruedas, condenado por causarle lesiones personales. Sin contar de múltiples casos transmitidos por noticieros nacionales cuyas víctimas terminaron asesinadas o suicidándose. Cabe recor­dar que a los menores de edad le son aplicables mu­chos de los delitos estipu­lados en el Código Penal, aunque sus penas sean distintas.

Fuentes:

Ley 1620 de 2013

“Bullying” Defensoría del Pueblo, Bogotá D.C., 2013.