Reportero de los Hechos

Accidentes de tránsito dejan un muerto y tres heridos

Rafael Cruz Durán «Loquito». / Foto cortesía

En menos de 30 minutos dos accidentes ocurrieron en la carrera 13 entre calles 16 y 17 de Granada. Todos los involucrados esta­ban bajo el influjo de licor

Mezclar licor con gasolina es un atrevimiento del que pocos logran salir ilesos. Programar una rumba con los amigos, disfrutar de unas cervezas frías, o de un buen trago de licor, suele ser común entre gente de nuestra región, y un gusto al que es casi imposible renunciar entre quienes lo tienen por costumbre.

Pero ¿será tan difícil abste­nerse de sentarse detrás de un volante luego de haber ingerido licor? Conducir es una maniobra sumamen­te peligrosa, y para desa­rrollarla es necesario que nuestro cuerpo y nuestros sentidos estén en óptimas condiciones; de lo contra­rio, podríamos desencade­nar una tragedia.

Tal es el caso ocurrido a las 2:40 de la mañana del pasado 7 de agosto, en el barrio Centro, de la capital del Ariari. Rafael Cruz Du­rán, hermano del propie­tario del almacén de ropa Kenzo Sport, murió cuan­do se transportaba como pasajero de la motocicleta Yamaha FZ, de placa HLY-48D, conducida por Diego Fernando Pachón Reinoso, quien sufrió heridas graves en la cabeza.

La otra motocicleta impli­cada tiene la matrícula JJU-09E, de marca Suzuki, línea AX 100, la cual fue impac­tada por la motocicleta FZ; el conductor identificado como Jorge Humberto Ro­bles Martínez, sufrió lesio­nes en su cabeza, las cua­les le produjeron un trauma moderado de cráneo.

Una de las versiones, y la que más se apega a la ver­dad, indica que los motoci­clistas salieron de Palo de Agua, luego de disfrutar de una noche de rumba. Cuan­do iban sobre la carrera 13 entre calles 16 y 17 se produjo el accidente; algu­nos dicen que, al parecer, se enredaron los dos mo­tociclistas; otros, que iban apostando carreras, y se estrellaron. Lo evidente fue de transporte de toda cla­se pasaron de ser simples choques a convertirse en un problema de salud pública, que a diario cobran vidas. Incluso más que el cáncer. El común denominador de los accidentes de tránsito es el hecho de conducir de manera irresponsable, específicamente en estado de embriaguez. Quizás to­dos en alguna oportunidad han pronunciado la popular frase: «Solo una para la sed». Sin embargo, cuando se percatan, sobre la mesa ya hay más de una botella vacía, y es justo ahí donde empieza el conteo regresivo de la vida hacia la muerte.

Efectos que causa el alco­hol a nuestro sistema

Los efectos del licor en la cabeza son muchos y va­riados. Hay que tener en cuenta que el trago y las cervezas son un veneno, sin excepción alguna. No existe ninguna dosis saludable, y eso se debe a su «fantásti­ca» forma de actuar, como las llamadas «lagunas mentales», que nublan la consciencia. Un dicho muy extendido es que el alcohol destruye las neuronas. Eso no es cierto. Al menos a corto plazo. Lo que se ha comprobado es que, a pe­sar de dejar las neuronas sanas y salvas, el alcohol interfiere con los neurorre­ceptores y neurotransmiso­res de varias maneras. Una de ellas es impidiendo que nuestros recuerdos a corto plazo pasen a nuestro sis­tema de almacenamiento a largo plazo. Eso se traduce en lagunas de memoria al día siguiente. No porque no nos acordemos en su mo­mento, sino porque se des­activa el sistema de guarda­do antes de tiempo.

Por otro lado, la capacidad de actuar sobre los recep­tores del cerebro trastoca todo el sistema nervioso. Por ejemplo, impide una correcta conexión entre el sistema visual y los mús­culos motores. Esa es una conexión bastante compleja y delicada. Al estropearla, se traduce en una clara falta de comunicación. También provoca «cortos circui­tos» en otras zonas, tales como el área de wernicke, que controla el habla, o en las zonas cerebrales, que controlan nuestro compor­tamiento. Aunque en esos casos la forma de actuar es muy complicada, los resul­tados son evidentes: la len­gua se nos traba, y pronto nos sentimos capaces de hacer cualquier cosa, sin que nuestra personalidad sobria nos lo impida.

Estudios científicos han determinado que desde la primera copa de licor el individuo empieza a perder habilidades para conducir de manera segura. Todas las bebidas alcohólicas contienen una molécula que afecta el funcionamiento del cerebro; esa es la respon­sable de la embriaguez: el etanol. Esa sustancia tiene un peso molecular muy bajo, lo que permite que atraviese la membrana del intestino delgado y la mu­cosa del estómago en un tiempo récord: solo hacen falta entre 30 y 90 minutos desde que consumimos al­cohol para que alcancemos el máximo estado de em­briaguez. Cuando el etanol entra a nuestro organismo pasa al torrente sanguíneo, y desde ahí llega al cere­bro. Esa molécula tiene la capacidad de ralentizar el funcionamiento de nuestro cerebro, debido a que se produce la unión con dos tipos de receptores: el áci­do aminobutírico (GABA) y el N-metil-D-aspartato (NMDA).

Los neurotransmisores GABA inhiben nuestro comportamiento, y lo que sucede cuando se unen con el etanol es que el mensaje neuronal se hace más len­to, permitiendo que nos sintamos más tranquilos y relajados. Por otra parte, cuando las moléculas del alcohol se unen con los re­ceptores NMDA nos senti­mos más cansados y puede interferir con nuestra me­moria. Por lo tanto, cuanta mayor cantidad de etanol tengamos en el organismo, menos recordaremos, lo que puede ocasionar que se produzcan lagunas de memoria.

A su vez, el cerebro libera norepinefrina, adrenalina y cortisol, que son sustancias estimulantes que incremen­tan nuestra frecuencia car­díaca. Las vías respirato­rias se abren y envían más oxígeno al cerebro, lo cual incrementa las sensaciones de los sentidos. También se produce dopamina, el neu­rotransmisor de la felicidad que nos hace sentir bien. El etanol se adhiere a las vías por las que el cerebro reci­be la energía, y afecta los procesos del pensamiento y nuestra capacidad de to­mar decisiones.

Esa sustancia no solo afec­ta nuestros procesos men­tales, sino que también tiene consecuencias para el resto del organismo. Inhibe la hormona antidiurética, lo que nos obliga a orinar con mayor frecuencia y a consumir más líquidos para permanecer hidratados. El movimiento muscular tam­bién se ve afectado, hacién­donos más torpes y lentos; y puede interferir en la cir­culación, la respiración y la regulación de la temperatu­ra corporal.

Estos efectos son solo un pequeño ejemplo de las complejas interacciones metabólicas y los efectos del alcohol en nuestro cuer­po. Ante todo es importan­tísimo saber que consumir regularmente una cantidad sustanciosa de alcohol es muy, pero muy, malo. Los descensos de vitamina B1 pueden provocar fallos se­veros en todo el cuerpo. El hígado dejará de hacer su trabajo. Este es un órgano que, a diferencia de los ri­ñones, sería imposible vivir sin él. El intestino corre el riesgo de sufrir un cáncer grave. Nuestra fisiología va deteriorándose por vías inimaginables y nos volve­mos adictos debido a que la alteración neuronal nos ha trastocado tanto que ya no se activa con nada. El efecto sobre el cerebro puede provocar una para­da completa del sistema, y provocar la muerte. Si consumimos licor con mo­deración y responsabilidad, los únicos efectos que no­taremos serán los descritos más arriba. Pero si no te­nemos cuidado esto puede convertirse en algo mucho más grave.

En conclusión es evidente que una borrachera puede llegar a revolucionar todo nuestro sistema, y mezclar­lo con combustible es un error inminente. El alcohol nos destruye no solo físi­ca, sino emocionalmente; nos vuelve dependientes, torpes, agresivos, depresi­vos y nos lleva a cometer una y otra locura. Consumir alcohol sin tener en cuenta sus consecuencias puede acabar no solo con nuestra vida, sino con la de nuestra familia y la de terceros.

Destacados:

Mientras las auto­ridades de Tránsito y Policía realizaban las labores pertinen­tes, generados por el primer accidente, un joven motociclista, de 25 años, en apa­rente estado de em­briaguez, pasó por encima de las señali­zaciones, y colisionó con una motocicleta de la Policía, cuyos tripulantes atendían la emergencia.

Estudios científicos han determinado que desde que se bebe la primera copa de licor se empiezan a perder habilidades para conducir de una manera segura. Solo hacen falta entre 30 y 90 minutos desde que consumimos trago para que alcance­mos el máximo estado de embriaguez.

Motociclista que pasó por encima de las señalizaciones, y colisionó con una motocicleta de la Policía. / Foto cortesía